Desde hace días escucho a los pájaros cantar. No los veo. No sé dónde se esconden. Pero cada nueva jornada de aislamiento son más y los oigo piar más alto. Los animales, supongo, ahora que no estamos nosotros, están recuperando el espacio que les quitamos y que no sabemos compartir. Escucharlos me resulta magnético. Es tan bello como inquietante. Me suenan, a la inversa, como aquellos canarios que se llevaban a las minas como señal de alarma. Si dejaban de cantar es que morían por un escape de gas y era momento de correr. Aquí, hoy, son esos cánticos los que confirman la alerta.

Leo decenas de mensajes bienintencionados y optimistas que dicen que estamos juntos y que estamos unidos y que luchamos juntos. Pero lamento que no, que lo único que nos une es el miedo y la angustia, que no es poco pero tampoco suficiente. Más allá de eso seguimos y seguiremos siendo los mismos cuando esto termine. Soy de los que cree que las personas somos buenas por naturaleza, pero que tenemos mala memoria. Las buenas intenciones y los anhelos de cambio y las lecciones aprendidas se nos olvidan como se olvidan los propósitos de nuevo año.

Lo pienso ahora porque escucho cantar a todos esos pájaros a los que no veo y me escuece la inquietud dentro. Todo terminará, porque terminará, como siempre lo hizo en el pasado por terrible que fuera. Volveremos a estar mejor, porque siempre, también, la Historia lo demuestra, el futuro avanzó a mejor. Pero temo que no seguirán cantando los pájaros como hoy y que tampoco los escucharé igual. Solo espero que para entonces, y antes de que su piar vuelva a ser de mina callejera y ciudad vacía, conservemos todos, y yo el primero, un poco el oído. Y la memoria.

David López Canales es periodista freelance colaborador de Vanity Fair y autor del libro ‘El traficante’. Puedes seguir sus historias en su Instagram y en su Twitter.

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