Todo, ya, se ha convertido en rutina. Es lo que tiene el tiempo y que seamos animales de costumbres. Incluso lo extraño lo asimilamos hasta hacerlo ordinario. Como salir solo de casa para ir a comprar. Lo interiorizamos tanto que muchos se asustan ahora cuando empiezan a ver las calles de nuevo habitadas. Enseguida, me da la impresión, ven manadas de zombies, como las de las películas, en lugar de ciudadanos, más o menos respetuosos, que quieren volver poco a poco a vivir cómo vivían o, por lo menos, a poder hacerlo también fuera de casa.

Todo durante estas semanas se ha hecho rutina. Hasta las conversaciones. Yo, por lo menos, evito la mayoría al teléfono. Aunque siempre hay voces que uno anhela escuchar de uno al otro confín. El resto las siento como charlas agotadas de antemano que me acentúan el hastío y el bucle o que me sacan, raro que es uno, del caparazón de ambos. El virus es lo que es; los políticos son cómo son; y nosotros hacemos lo que hacemos. Poco más hay para sacarle ya a nada de eso. Lo mismo, supongo, sucederá cuando nos encontremos. Haremos como si no hubiera pasado. Será como con esos amigos íntimos a los que pasas mucho tiempo sin ver y, cuando lo haces, hablas de chorradas porque las cosas trascendentes ya llegarán solas. Es mucho más cálido hablar de nadas como si te hubieses visto ayer.

Los seres humanos somos rutina y olvido. No sé en que orden. De ambas estamos hechos y ambas se combinan. Hoy hasta los aplausos de homenaje de las ocho que con tanto entusiasmo se daban, convertidos en rutina que rompía angustias, tedio y soledades, se transforman poco a poco en olvido sustituidos por la nueva costumbre de salir a caminar. Así pasará con todo. Y con todos. Así dice el verso de Borges –ya somos el olvido que seremos/El polvo elemental que nos ignora- que Héctor Abad convirtió en maravilloso título de novela: El olvido que seremos. En ella escribe: “Casi siempre pasa igual: cuando la felicidad nos toca es cuando menos nos damos cuenta de que somos felices”. Quizá, como todo, la sepultamos de rutinas. O, tal vez, nos olvidamos de vivirla.

David López Canales es periodista freelance colaborador de Vanity Fair y autor del libro ‘El traficante’. Puedes seguir sus historias en su Instagram y en su Twitter.

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